1 de noviembre de 2012

CRISIS DEL CAPITALISMO EN EUROPA


            Se avizora un nuevo momento en las relaciones sociales en Europa. Las masas toman las calles a expresar su protesta, la organización se vislumbra como una necesidad. Reseñamos las opiniones del francés Jacques Ranciére (Argel, 1940), filósofo contemporáneo de formación Marxista.

            ¿Cómo describiría usted el momento que estamos viviendo en Europa? En todas partes de Europa, los gobiernos, tanto de derechas como de izquierdas, aplican el mismo programa de destrucción sistemática de los servicios públicos y de todas las formas de solidaridad y protección social que garantizaban un mínimo de igualdad en el tejido social. Y en la masa del pueblo sometida a una precariedad sistemática y desposeída del poder de decisión, se dan condiciones de un escenario de manifestación frente a los aparatos de dominación. Es necesario que éste sea convertido en una palanca capaz de modificar la balanza de fuerzas modificando el propio paisaje de lo perceptible y lo pensable.

            ¿Qué piensa en concreto del caso español? Europa presenta situaciones muy diferentes. En España ciertamente se cumplen esas condiciones de forma más evidente: el movimiento 15-M ha puesto claramente de manifiesto la distancia entre un poder real del pueblo y unas instituciones llamadas democráticas pero de hecho completamente entregadas a la oligarquía financiera internacional. Falta otra condición: la capacidad de transformar un movimiento de protesta en una fuerza autónoma no sólo independiente del sistema estatal y representativo, sino asimismo capaz de arrancar a ese sistema la dirección de la vida pública. En la mayor parte de los países europeos aún nos encontramos lejos de la primera condición.

            ¿Qué deberíamos hacer con los partidos políticos actuales? Los partidos políticos que hoy conocemos son aparatos destinados a administrar el poder. Un renacimiento de la política pasa por la existencia de organizaciones colectivas que se sustraigan de esta lógica, que definan sus objetivos y sus propios medios de acción, independientemente de las agendas estatales, construyendo una dinámica propia, espacios de discusión y formas de circulación de la información, motivos y formas de acción dirigidos al desarrollo de un poder autónomo de pensar y actuar.

            Usted ha escrito que durante los últimos 30 años hemos vivido una contrarrevolución. ¿Esta situación ha cambiado con estos movimientos populares? Algo ha cambiado desde la Primavera Árabe y los movimientos de los indignados. Se ha producido una interrupción de la lógica de resignación a la necesidad histórica preconizada por nuestros gobiernos y sostenida por la opinión intelectual. Desde el colapso del sistema soviético, el discurso intelectual contribuía a secundar de forma hipócrita los esfuerzos de los poderes financieros y estatales para hacer estallar las estructuras colectivas de resistencia al poder del mercado. Este discurso había terminado imponiendo la idea de que la revuelta no sólo era inútil, sino también perjudicial. Sea cual sea su porvenir, los movimientos recientes habrán, cuando menos, puesto en tela de juicio esta supuesta fatalidad histórica. Habrán recordado que no tenemos que vérnoslas con una crisis de nuestras sociedades, sino con un momento extremo de la ofensiva destinada a imponer en todas partes las formas más brutales de explotación; y que es posible que quienes son el 99% hagan oír su voz frente a esta ofensiva.

Filósofo Jacques Ranciére

¿Qué podemos hacer para recuperar los valores democráticos? Primero sería preciso ponerse de acuerdo en lo que llamamos democracia. En Europa nos hemos acostumbrado a identificar democracia con el doble sistema de las instituciones representativas y las del libre mercado. Hoy este idilio es cosa del pasado: el libre mercado se muestra cada vez más como una fuerza de constricción que transforma las instituciones representativas en simples agentes de su voluntad y reduce la libertad de elección de los ciudadanos a las variantes de una misma lógica fundamental. Recuperar los valores de la democracia es, en primer lugar, reafirmar la existencia de una capacidad de juzgar y decidir, que es la de todos, frente a esa monopolización. Es reafirmar asimismo la necesidad de que esta capacidad se ejerza a través de instituciones propias, distintas de las del Estado.

            ¿Cuáles son las consecuencias de esta crisis para la cultura? La situación actual es una crisis donde el poder del capital sobre la sociedad se manifiesta en el individualismo consumista. En este marco, la cultura se presenta a la vez como el tejido de experiencia común amenazado, invadido por los valores mercantiles, y como la instancia encargada de poner remedio a los efectos de esta invasión, de volver a tejer las desgarradas redes del vínculo social. Desde mi punto de vista, en el poder capitalista no hay ningún papel particular que atribuir a la cultura como entidad global. Y lo que hoy domina la escena son, en gran medida, las celebraciones culturales oficiales y los discursos intelectuales supuestamente críticos pero realmente sometidos a la lógica oficial. (Público.es de España, revista virtual)

No hay comentarios: